Versículo:Lucas 4:18-19
“El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a predicar el año agradable del Señor.”
Este es uno de los primeros versículos que aprendí y que recitaba mientras esperaba el llamado de Dios. Siempre llenó mi corazón de alegría y reafirmó mi identidad como hija de Dios, recordándome que Su Espíritu habita en mí.
En esta porción bíblica, Jesús lee del libro del profeta Isaías (Isaías 61:1-3) mientras se dirige a la sinagoga en Nazaret. Jesús sabía que Su tiempo en la tierra estaba por terminar. Con este acto, Él trae a memoria las palabras profetizadas sobre Su ministerio, dejando claro quién era y a qué había venido. Este momento poderoso nos recuerda que la palabra de Dios se cumple, y que Jesús es la promesa y las buenas nuevas de salvación.

Como hijos de Dios, Jesús es nuestro modelo a seguir. Él nos mostró cómo el Espíritu Santo nos equipa para cumplir Su propósito. Dios creó al ser humano como un ser tripartito: cuerpo, alma y espíritu. Mientras que el cuerpo es lo físico, el alma es donde residen nuestras emociones, y el espíritu es la esencia que conecta con Dios. Los hijos de Dios son influenciados por el Espíritu Santo, quien nos unge y nos capacita para compartir las buenas nuevas.
La unción es una obra especial de Dios, simbolizada en las Escrituras como el acto de derramar aceite para consagrar a alguien para un propósito divino. Aunque este acto puede realizarse públicamente por pastores o líderes, la verdadera unción viene directamente del Espíritu Santo, quien permanece en los hijos de Dios como promesa y regalo.
Las buenas nuevas de salvación
Jesús vino a traer un nuevo pacto, accesible a todo el que cree y se arrepiente. Ya no dependemos de la ley dada a Moisés, sino de la gracia y la salvación a través de Cristo. Al aceptar a Jesús como nuestro Salvador, somos sellados por el Espíritu Santo y recibimos una identidad y propósito divino. Nuestra visión es imitar a Cristo, y nuestra misión es cumplir el mandato de compartir el evangelio y hacer discípulos (Mateo 28:19-20).
La porción de Lucas 4:18-19 nos conecta con realidades humanas que todos hemos enfrentado:
- Los pobres: Aquellos que carecen de bienes materiales, fe o esperanza.
- Los quebrantados de corazón: Personas que atraviesan dolor emocional y espiritual.
- Los cautivos: Quienes están atrapados en el pecado, la culpa o situaciones difíciles.
- Los ciegos: No solo físicamente, sino espiritualmente, quienes necesitan la luz de Dios para ver Su verdad.
- Los oprimidos: Aquellos que sufren bajo cargas emocionales, espirituales o sociales.
Jesús vino para sanar, liberar y restaurar. Esta misión sigue viva en nosotros cuando llevamos Su evangelio a otros.
La alegría de compartir el evangelio
Con el entendimiento de nuestra misión, sé que voy de parte de Dios. Las personas enfrentan luchas y sentimientos complejos, pero la necesidad de Cristo es simple y universal. Me alegra llevar una palabra de aliento, fe y esperanza.
Recuerdo cómo conocí al Señor en un momento difícil de mi vida, con el corazón quebrantado y atrapada en emociones negativas. El poder de una oración intercesora penetró todo mi ser, conectándose con mi espíritu y comenzando un proceso de sanidad. Esa experiencia transformó mi vida y me dio la pasión de compartir el evangelio.
Me alegro cuando alguien visita la iglesia y se queda, cuando alguien decide bautizarse, cuando sirvo en el ministerio, o incluso cuando escribo y comparto reflexiones de la Palabra. Me alegro al orar con otros, porque sé que Dios está presente y obrando.
Nunca estamos solos. Dios nos llama a llevar Su mensaje a todo lugar y a toda persona. No soy yo, Josie, quien va; es una hija de Dios con un testimonio del poder transformador de Su amor quien es enviada. Así lo creo y así lo vivo.
Oración:
Padre, te damos gracias por todas tus bendiciones. Gracias por tu palabra y las buenas nuevas de salvación. Gracias porque nos has dado de tu Espíritu para compartir a Jesús con otros. Gracias por la gran familia de la fe que nos has regalado.
Te pido que ayudes a tus hijos a compartir a Cristo con valentía y amor. Que tu palabra consuele en los momentos difíciles y que las personas lleguen a conocerte, amarte, servirte y permanecer en ti. Que la unción de tu Espíritu Santo sea evidente en nuestras vidas. Todo esto te lo pedimos en el nombre de Jesús. Amén.
Preguntas Para Reflexionar:
¿De qué manera puedes usar los dones y la unción que Dios te ha dado para compartir el evangelio con quienes te rodean?
¿Cómo puedes reflejar la compasión y esperanza de Jesús al interactuar con personas que necesitan las buenas nuevas de salvación?
